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Los deltas de los grandes ríos mediterráneos son tierras de un valor extraordinario, porque suelen ser espacios
poco alterados, que contrastan con el resto de deltas de un litoral profundamente urbanizado, por la rica vegetación
y la fauna que acogen y por la elevada productividad agrícola de sus tierras. Con sus 320 km2, el Delta del Ebro
es la zona húmeda más extensa de Cataluña y constituye el hábitat acuático más importante de la Mediterránea
occidental, después de la Camarga, y el segundo del Estado español, después de Doñana.
El interior del Delta está dominado por los arrozales, que hacen que el paisaje cambie completamente según la
estación del año. Las tonalidades de color marrón que muestra la tierra fértil al inverno, poco a poco se
transforma en espejos de agua cuando se inundan los campos a la primavera. Entonces, cielo y mar se funden, y
el Delta se convierte en un territorio de fantasía. Después, las plantas de arroz rompen el agua y una inmensa
alfombra verde se extiende por los caminos hasta que, a finales de verano, los granos de arroz se vuelven del
color del sol esperando las cosechas.
En la parte litoral, el Delta ofrece uno de los paisajes lacustres más atractivos de la Mediterránea con lagunas
rodeadas de juncales y cañizos, grandes extensiones de suelos salinos -con plantas halófilas, es decir, que son
capaces de vivir en lugares con elevadas concentraciones de sal- y, además, largas y desiertas playas de arena
con grandes cordones de dunas, casi las únicas que quedan del litoral catalán. Estos espacios conforman el
escenario de una de las más valiosas reservas y refugios de aves acuáticas de Europa, especialmente importante
para los pájaros migratorios, los cuales la utilizan como una verdadera "área de descanso" en sus largos y
agotadores viajes entre África y Europa.
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