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Como un mar de olivos han descrito algunos autores los campos de estos territorios. Este árbol forma parte de la
trilogía de cultivos de secano que caracteriza la agricultura tradicional mediterránea, juntamente con la viña
y el trigo. Todas las civilizaciones que han comido sus frutos lo han considerado un árbol sagrado. Los griegos
pensaban que había sido Atenea, la diosa de la sabiduría, quien había regalado este árbol a los humanos. Las
culturas helénica, islámica y judeocristiana lo han enaltecido y, todavía hoy, una rama de olivo en el pico de
una paloma constituye el símbolo universal de la paz.
Los orígenes del olivo parece ser que se deben buscar al otro extremo de la Mediterránea. Llegó a estas tierras
de la mano de los fenicios y de los griegos y, posteriormente, a partir del siglo VII, los agricultores musulmanes
extendieron su cultivo por toda la península. Como en otros lugares del litoral, las producciones agrícolas han
sido muy limitadas por la escasez de agua, la sequía durante los veranos, la pobreza de las tierras y un relieve
accidentado. De lejos, estas tierras parecen una llanura uniformemente inclinada hacia el mar, pero, de hecho,
los barrancos la rompen y la trocean continuamente.
A pesar de todo, son en buena parte estas difíciles condiciones las que proporcionan una altísima calidad de los
productos que se obtienen. Las esencias de la tierra y de la Mediterránea se concentran y se destilan en los pocos
frutos que los árboles son capaces de producir, haciendo que la calidad sea excepcional.
Antes de ser cultivadas, estas extensiones pedregosas de garriga estaban cubiertas por una corteza calcárea más
o menos gruesa -denominada localmente taperot- que los campesinos tuvieron que arrancar para poder plantar olivos
y algarrobos. Las piedras de taperot se aprovecharon para la construcción de márgenes que sostienen la tierra
en las laderas de los barrancos, o bien para levantar casas de campo, cisternas o, simplemente, cuando no podían
ser aprovechadas ni transportadas fueron amontonadas en filas en medio de los campos.
Todos estos elementos han configurado a lo largo de los siglos un paisaje abierto, trabajado, de gran belleza y
valor cultural que se debe preservar tanto como sea posible.
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